Este texto es una adaptación del boletín de Leontxo García, Maravillosa jugada, que esta semana se publica excepcionalmente en abierto. para recibirlo en tu buzón cada jueves.
Anatoli Yevguénevich Kárpov es el más condecorado y aclamado de los ajedrecistas campeones que produjo la Unión Soviética, el país más grande del mundo hasta su desintegración, en 1991, donde el ajedrez era una pasión masiva. Ganador de seis Mundiales y más de 160 torneos, este sábado cumple 75 años con serios problemas de salud y confinado en Rusia porque, como miembro del Parlamento por el partido de Vladímir Putin, está en la lista de sancionados que no pueden viajar a occidente, a pesar de que en 2022 ; pero unos días antes había votado a favor de la anexión de las provincias ucranias de Donetsk y Lugansk.
Sus allegados están muy preocupados por él desde entonces. Ocho meses después de una calle cercana al Parlamento, con un fuerte golpe en la cabeza; no hay indicios sólidos de que fuera un atentado contra él (en lugar de un accidente). Fuentes muy cercanas a él aseguran que no ha vuelto a ser el mismo , y apenas tiene vida pública.
En una triste paradoja, tuvo mucho que ver con el envejecimiento cerebral saludable. Se le vio muy bien, disfrutando de la buena mesa y de la vida, y lleno de proyectos, manteniendo su memoria prodigiosa y un ilimitado amor al ajedrez. Hay motivos para incluirlo entre los mejores deportistas de la historia -sus méritos, repercusión y simbolismo van mucho más allá del ajedrez-, cuya vida quizá merezca una película de visión mucho más amplia que , los más escandalosos que ha conocido el ajedrez.
Rozó la muerte al poco de nacer, creció enfermo cerca de una central nuclear averiada, recuperó el honor nacional perdido por Borís Spasski ante el estadounidense Bobby Fischer, fue condecorado en el Kremlin tras vencer a Korchnói y mantuvo con Gari Kaspárov la mayor rivalidad de todos los deportes individuales. Ha ganado más torneos que nadie.
Sus primeros años fueron traumáticos. Mientras veía, a través de la ventana de su habitación, cómo los demás niños de su edad jugaban en la calle, Tolia pasaba muchos días enfermo, en la cama. Y se refugió en el ajedrez, que había conocido a los cuatro años, con su padre. La madre, Nina Grigorievna, llegó a retirar el tablero y las piezas de la habitación. “Pero pronto tuve miedo y se los devolví. Yo le veía mirar al techo y comprendía que las piezas de ajedrez seguían saltando dentro de su cabeza, jugaba sin tablero”, explicó años más tarde.
El salto a la fama internacional llega en 1969: campeón del mundo juvenil. En 1973 comenzó su escalada hacia la cumbre: ganó a todos sus rivales en el ciclo de candidatos al Mundial. Sólo quedaba Fischer. En 1975, el genial estadounidense renunció al título por sus desavenencias con la Federación Internacional (FIDE) y Kárpov fue campeón sin mover un peón. Pero, contrariamente a sus antecesores, jugó cuantos torneos pudo y los ganó casi todos durante diez años (1975-1985).
Kárpov no sólo restituyó el honor nacional perdido por Spasski ante Fischer -para el Gobierno soviético, el ajedrez era el escaparate de la superioridad intelectual del comunismo sobre el capitalismo- sino que se convirtió en un héroe nacional cuando defendió el título en dos ocasiones, en 1978 y 1981, contra el “traidor” Korchnói. Antes se entrevistó varias veces en secreto con Fischer para convencerle de que ambos debían disputar un duelo por el que suspiraban millones de aficionados. Pero las negociaciones no cuajaron. Y en esas llegó Korchnói, vencedor del Torneo de Candidatos tras escaparse de la URSSy retador oficial, por tanto, de Kárpov en Baguio (Filipinas) en 1978. El disidente aprovechó la resonancia mundial del acontecimiento para exigir, con los métodos más ruidosos, la libertad de su esposa e hijo, retenidos en la URSS. Además del duelo más escandaloso, fue muy emocionante en lo puramente deportivo. Se jugaba a seis victorias, sin límite de partidas. A pesar de su tremendo cansancio -tenía la cara demacrada y había perdido varios kilos-, Kárpov sacó fuerzas de no se sabe dónde para dar el golpe definitivo en la última, después de tres meses de combate.
El gélido Tolia era de nuevo campeón del mundo, y en circunstancias políticas muy especiales, como demuestra un efusivo telegrama del líder soviético Leonid Bréznev. Convertido ya en héroe nacional, Kárpov siguió ganando torneos sin parar, y volvió a renovar el título ante Korchnói en 1981. Y todo indicaba que por fin iba a ser feliz en su gloria de campeón e ídolo nacional. Casado, con un hijo, licenciado en Economía, autor de una tesis doctoral sobre la utilización del tiempo libre, triple campeón de mundo (hasta ese momento), cercano al objetivo de acumular cien victorias en torneos, número uno indiscutible, vislumbraba un futuro plácido y confortable ante la ausencia de un rival comparable en grandeza deportiva.
En realidad, esa feliz perspectiva duró poco. En la lejana Azerbaiyán crecía otro genio, Gari Kímovich Kaspárov, cuya meteórica progresión fue interrumpida por constantes zancadillas de los burócratas parásitos de Kárpov, el héroe del Kremlin. Uno de ellos, Nikolái Krogius, lanzó esta frase lapidaria: “¿Para qué necesitamos otro campeón del mundo si ya tenemos uno?”. Pero Kaspárov llegó hasta la cumbre, y los cinco duelos entre ambos (1984-1990) no tienen parangón en la historia del deporte: más de 500 horas sentados frente a frente en un escenario, miles de horas más pensando obsesivamente en el otro bajo tremendas presiones políticas –Kárpov era el símbolo de la vieja guardia, y Kaspárov el de la perestroika (renovación) de Gorbachov-, económicas y deportivas. Si se cuentan sólo las 144 partidas entre sí en duelos por el título, el balance favorece a Kaspárov por el muy escaso margen de dos puntos.
El reinado de Kaspárov conllevó un cisma, con dos campeones del mundo. Ya cuarentón, Kárpov fue capaz aún de ganar el título oficial de la FIDE tres veces más (1993, 1995 y 1998), además de implicarse en importantes actividades sociales: embajador de la UNICEF para el Este de Europa y presidente de la asociación de ayuda a las víctimas del desastre nuclear de Chernóbil. Todo ello no impidió que siguiese jugando torneos rápidos, dando exhibiciones e impartiendo conferencias mientras oficiaba además como diputado.
Y entonces llegó ese año desgraciado de 2022. Quienes le conocen bien aseguran que la oposición radical de Kárpov a la invasión de Ucrania es muy sincera, lo que hace dudar de que la sanción contra él sea justa. También se sabe que la prohibición de viajar por las sanciones internacionales lo deprimió. Tanto si su hospitalización fue debida a un accidente fortuito o a un atentado, probablemente no hubiera ocurrido sin la invasión, porque él viajaba al menos la mitad de cada año. Mientras Kaspárov está muy arriba en la lista de asesinables de Putin, Kárpov ya ha sido una víctima del sátrapa a cuyo partido sigue perteneciendo, por más que cueste entenderlo.