Jonas Vingegaard conquista el Blockhaus en el Giro de Italia

Desde las playas de Ulises al Adriático de Pescara con el viento Libeccio a sus espaldas, y sus chubascos, húmedo, violento,

Guiado por sus exploradores favoritos, Piganzoli y Kuss, tierra de bandoleros, héroes rebeldes contra los terratenientes borbónicos que convierten sus preciosas ovejas merinas trasquiladas en gustosos pinchitos, qué desprecio. El viento entonces, ráfagas súbitas, sopla de lado, así que el paciente danés observa los daños que provoca en su pelotón cada vez menor, más débil, más sacudido. Enric Mas pedalea casi en la cuneta, a cámara lenta trepa, protegido por Juanpe y Rubio, y un poco más adelante es Egan Bernal quien se tambalea; resiste un poco más, pero también cede, aunque no tanto como para perder el liderato alcanzado en la tormenta de Potenza.

A la rueda de Vingegaard, que pasados los verdísimos pastos sabrosos, prado abierto azotado por el viento del suroeste, acelera cuando, a falta de cinco kilómetros y medio de la meta de la meta, el camino serpentea por un bosquecillo que frena el viento, solo el valiente Pellizzari, el ágil Gall, nada más.

Gall calcula. El austriaco tenaz escala despatarrado, molinillo, eficaz. Pellizzari, otro de los hermanos pequeños de Pogacar, como Seixas, lleva un desarrollo más alto y solo el corazón le guía. “Quiero emocionarme y emocionar”, dice el Duque de Camerino, la esperanza de los italianos, que se agitan en las cunetas y le jalean. No piensa. “Soy uno que quiere ser diferente. Acepto que me equivoco”. Los aficionados se estremecen de alegría viéndolo, y los sabios del ciclismo se llevan las manos a la cabeza. ¿Adónde va? Por qué se empeña en aguantar el ritmo de Vingegaard. Le va a desangrar. Le va a matar. Kaputt. Pellizzari, sordo, resiste. Sentado. Manos bajas en el manillar. Vingegaard, aéreo su manillar, aérea su ligereza, se vuelve, se levanta y acelera. Pellizzari no se separa. Qué molestia. Como un chicle pegado a los dedos que agitando las manos no se despega jamás. Una, dos, tres veces. El chicle vuela. A Pellizzari le supera el feo Gall, pero enamora la osadía del chavalín grandote de melena rizada y grandes ojos que el domingo llega a sus Marcas, a los famosos muros de Fermo, donde saltarán las chispas, Allí, cerca, en la casa de sus padres en camerino, guarda él, un pequeñajo de 20 años deslumbrado por el hermano mayor, su ídolo. Cede, finalmente, Un minuto y cinco segundos, mientras que Mas en crisis pierde 5m 47s, y deja el protagonismo español a los jovencitos hijos de papá, a Markel Beloki, de 20 años, y a Igor Arrieta, de 22, que reclaman con fuerza un puesto en la mesa de los mayores.

Se han cumplido ya seis horas de etapa, una frontera temporal que muy pocos ciclistas han visitado en los últimos años, en los que en las grandes vueltas las etapas son más cortas, las velocidades más altas. Vingegaard, debutante en el Giro, nunca ha corrido en el Tour etapas más allá de las cinco horas y media. La travesía de los Abruzos se alarga 245 kilómetros, un desafío más para las tripas de los ciclistas, obligados a digerir en marcha tres cuartos de kilo de hidratos de carbono en dosis horarias, que para las piernas que han quemado 7.000 calorías. Un problema de logística para los equipos, una prueba superada por el Visma, tan ordenadito, y por Vingegaard, un estómago muy bien entrenado, y una mirada sentimental a su oficio.

Un deseo de grandeza, de dejarse ver por delante ya en la séptima etapa de un Giro muy largo, simplemente, quizás, porque el Blockhaus, la casita de piedra que construyó un mariscal austriaco para defender las tierras de los Habsburgo y los Saboya de los jornaleros hambrientos, es un nombre sonoro asociado a la primera victoria en el primer Giro de Eddy Merckx, asociado a la luna llena que condenaba a la locura al Tarangu,

No levanta los brazos cuando cruza la meta con el pegajoso Gall muy cerquita, sino que, extrañamente, adopta una posición aerodinámica sobre la bici, y sus labios tocan tres veces el manillar, en el que están adheridas las fotos de su Trine y de los hijos de ambos, Frida y Hugo. Luego, levanta la mano y besa su anillo. Los rituales de un doble ganador del Tour, y de una Vuelta, decidido a ganar también el Giro antes de regresar a su habitual desafío de julio, sus queridos Tadej Pogacar y el Tour.