Odegaard reta al rey Vitinha en la final de la Champions

El sol penetra por el cráter del Puskas Arena y endulza el aire perfumado de hierba de Budapest. En el círculo central Luis Enrique, rubicundo y excitado, escudriña el paisaje con ojos de zorro. Lo secunda su estado mayor, Joaquín Valdés y Rafa Pol, y entre todos siguen el rondo. se colocan sobre el campo como marcadores en el bisel de un reloj y empiezan a darse pases. La pelota circula y describe trayectorias aparentemente azarodas hasta que llega al pie de Vítor Machado, Vitinha. Cuando el Maestro toca el balón la esfera inanimada adquiere algo parecido a la inteligencia y todos los compañeros reaccionan a la llamada del pequeño líder. El mejor centrocampista del mundo es el hombre clave en la final de la Champions que se disputará este sábado (18.00, Movistar y La1). Si el Arsenal de Mikel Arteta quiere arrebatar la corona

El título reúne contra el campeón de la Premier. Pocas veces la final del torneo más prestigioso ha enfrentado a dos equipos tan potentes en su apogeo. Solo el trabajo sostenido en el tiempo ha permitido a Luis Enrique (tres años desde su contratación) y Arteta (seis años) adiestrar a sus jugadores hasta integrarlos en modos de funcionar y sentir que rozan la telepatía. Cada uno en vertientes opuestas del 4-3-3. Mientras que el Arsenal es el imperio de la especulación y la adaptación al rival, el PSG muestra una veta más salvaje, más decididamente atacante, menos calculadora, menos atenta a evitar errores en su afán de generar peligro.

La idea que los identifica es la presión al hombre en campo contrario. Tanto el Arsenal como el PSG han evolucionado esta herramienta hasta convertirla en un arma capaz de asfixiar a cualquier rival. El centro del campo es el sello hispánico de ambos y el resorte del que parte todo. La presión propia y la escapatoria a la presión ajena. Gracias a sus volantes, el Arsenal y el PSG están en disposición de intentar llevar la iniciativa en cualquier escenario. Pocas veces, tal vez nunca en la era moderna del torneo, una final de la Champions ha puesto frente a frente a centrocampistas más cualificados en el esplendor de sus carreras. Vitinha, Neves, Fabián y Zaïre Emery contra Odegaard, Rice, Zubimendi y el versátil Trossard compondrán una batalla inolvidable. Será el portal de la Copa del Mundo que se avecina con un giro supertáctico imposible de ver en el fútbol de selecciones.

El Arsenal, sobrecargado

Después de tres temporadas frustrantes sin más premio que tres segundos puestos seguidos, el Arsenal conquistó una Premier que amenaza con transformarse en victoria pírrica si Arteta no logra gestionar el desgaste anímico que supusieron los últimos meses de competición. La plantilla está exhausta. Ningún equipo ha disputado más partidos en Europa desde que comenzó la temporada. La final de la Champions es el último reto de unos futbolistas que han tenido que exprimirse para arrancarle un punto más al Manchester City. Los minutos de competición que acumulan en las piernas es revelador de la escasez de rotaciones. Raya (4.500), Rice (4.336), Zubimendi (4.269), Saliba (4.134), Gabriel (4.090), Gyokeres (3.429), Timber (3.309) Saka (3.173) y Eze (3.087) superan los 3.000 minutos de competición en todos los frentes, mientras que en el PSG los más utilizados evidencian una planificación completamente revolucionaria por parte de Luis Enrique.

Antes de organizar un entrenamiento con bicicletas estáticas sobre la hierba, señal del estado de su equipo, Arteta pronunció un discurso monocorde: “Hace 20 años que el Arsenal no alcanza una final de la Champions. Es tamos ante nuestra oportunidad de hacernos con el momento. Es la segunda final en nuestra historia y no sentimos la presión. ¡La ambición es mayor que la presión!”.

Arteta suena a psicólogo conductista. Ha construido un equipo férreo, tal vez demasiado. “Odegaard es un líder al que yo confiaría mi vida”, dijo el entrenador, señalando a su capitán. El noruego sabe que está ante el partido de su vida. También que el único camino hacia la gloria pasa por arrebatarle la corona al Maestro.