“Me gusta tu camiseta, por cierto”, le dice un periodista de la BBC. Luce la segunda indumentaria que empleará la selección española de fútbol en el Mundial y se explica: “Me pondría el número de Rodri [Hernández, pivote del Manchester City]. Es mi jugador favorito. Ganó el Balón de Oro, así que me quedo con él”. Sobre la arena, Jódar también ha demostrado tener una visión periférica que le permite interpretar con agudeza los partidos; eso y, también, una agresividad que se ha llevado por delante a un buen puñado de rivales. Hoy día, muerde como pocos. Ahora bien, “paciencia y prudencia”, transmiten desde su entorno. Tan solo tiene 19 años. Triunfó en Marrakech, alcanzó las semifinales de Barcelona y tuteó durante un buen rato a Jannik Sinner en la Caja Mágica. .
Después de ese recorrido y de la primera experiencia en un grande, a comienzos de curso en Australia, llega ahora una prueba mayor: París y todo lo que ello conlleva. , así que todas las miradas le apuntan a él. “Intento hacer lo que siempre he hecho: imponer mi juego”, introduce. “Y lo llevo bien. Ser cabeza de serie me permite no jugar contra otro cabeza de serie en primera ronda [en realidad, en las dos primeras], y así es como lo veo. Aquí todos juegan muy bien y cualquiera puede ganarle a cualquiera, así que no me pongo presión extra. Solo me motiva intentar hacerlo lo mejor posible y hacer un buen papel aquí, en Roland Garros”, prosigue el de Leganés, que debutará el lunes contra el estadounidense Aleksandar Kovacevic (94º).
El tenista se expresa con mayor fluidez en inglés que en español y rebobina. A pesar de la pericia demostrada por los jugadores nacionales sobre arena, rehúye las comparaciones. Dice que ser “del mismo país que Carlos [Alcaraz] y Rafa [Nadal] no significa” que vaya a conseguir “lo mismo que ellos”, y que le impactó la final disputada hace un año aquí, cuando el murciano (23 años) levantó su segundo título después de haber sorteado (22) en la Chatrier. También se acuerda de dónde estaba entonces; en concreto, “terminando la campaña universitaria con Virginia [donde se formó tras ganar el US Open júnior] y jugando algunos challengers”. Nadie, ni siquiera él mismo, podía imaginar semejante escalada.
En un abrir y cerrar de ojos, Jódar ha ido del circuito. Sin embargo, tanto él como su padre, también técnico, son perfectamente conscientes de la sinuosidad del escenario y las circunstancias. Hasta hace nada, el madrileño se desenvolvía en marcos menores y ante rivales en desarrollo, si no de vuelta; ahora va descubriendo poco a poco la exigencia continuada y las trampas de un camino que aún no le ha expuesto a la verdadera crudeza de la élite. Todavía resulta un desconocido para los adversarios, del mismo modo que su juego y su ascensión invitan a mantener la guardia alta. El efecto sorpresa se ha rebajado y el factor físico será trascendental.
Jódar llegó a la ciudad hace dos días y de momento no ha tenido margen para visitarla. Por ahora, entrenamiento y poco más. “Espero poder dar una vuelta antes de que empiece el torneo”, indica. Como siempre, lo hará en compañía de su progenitor. Ambos saben que un buen trazado en París le guiaría hacia un estrato superior, pero él prefiere centrarse en el “proceso” y no tanto en el puerto al que podría llegar. Siempre tentador aquello de dejarse llevar. “Si siento que he disfrutado de la experiencia y que he dado mi mejor nivel, me marcharé satisfecho. No importa el resultado. Si siento que y que no podía haber hecho nada más, con eso me conformo”, cierra el madrileño, al que los mejores siguen de cerca por si las moscas. Sin Alcaraz, otra refrescante juventud como gran aliciente.