La cancha infinita

Comparto con mi hermano-primo Javier casi exactamente los mismos días de vida, las idénticas iniciales de nuestros nombres invertidas y los mismos apellidos al revés. Iniciada la fiesta increíble y tecnicolor del Mundial México ’70 las cascaritas entre López Hernández y Hernández López se volvían míticas pero realmente gloriosas el día en que pintamos la cancha infinita sobre la mitad de la cochera de la casa de nuestros abuelos. Marica la Nana de trenza hasta la cintura y sazón divino hasta para las tortillas con sal de grano tenía unos zapatos blancos que usaba para dominguear sin medias… y llegó como milagro el secreto instante en que F.J. y J.F. descubrimos la botellita de betún blanco con tapa de esponjita con la que nuestra Cenicienta boleaba sus cacles. .

Pintamos las bandas laterales y los fondos, la media cancha como naranja sin rebanadas o reloj sin manos; pintamos las áreas con media lunas y el punto penal. Añadimos el nombre de Félix portero de Brasil y Calderón del lado de México e iniciamos una jornada de quiénsabecuántas horas donde intercambiábamos nacionalidades inventadas que se sudaban a través de la las vocesitas con las que narrábamos para nosotros mismos las jugadas y comentarios a ras de cancha. En vivo y a todo color (sin boletos para estadios tal como ahora). No había pausas de hidratación ni tarjetas rojas o amarillas y los marcadores incluían “una y buena” (como sustituto de penales). No había intercambio de camisetas ni de iniciales o apellidos, pero terminábamos casi cada partido de cascarita más hermanados que Gerson y Tostao… hasta que llegó el regaño adulto y la amenaza de borrar la gloriosa cancha a manguerazos. Habíamos dejado a la pobre Marica no sin uno, sino dos botes de lustre blanco para sus zapatos domingueros y al parecer habíamos arruinado la estética californiana de la cochera clase media mexicana colonia Nápoles de hogar católico común.

Lo que no incluyeron los regaños fueron los debidos aplausos ante una cancha perfecta y exponencial: ¿cómo se explica un adulto que sobre la superficie donde apenas cabe un Volkswagen dos niños menores de diez años son capaces de coreografiar el derby de Kentucky a carrera limpia y acelerada sobre la acera izquierda, y cuajar pases al hueco inmarcesible y autopases de fantasía con tiros de media distancia que parecían cañonazos de Gerd Müller o imitar el intento de gol de media cancha de con la misma trayectoria y distancia? Nuestra cancha de betún era el Azteca y todos los campos reunidos, el verdadero escenario de la repetición instantánea que apenas se ofrecía en las transmisiones en blanco y negro de los partidos del Mundial ’70 (aunque la finalísima la vimos a colores).

Cuando México pasó a la siguiente ronda a jugarse el destino contra Italia en la Bombonera de Toluca casi toda la familia se quedó muda con las noticias de la y a lo largo y ancho del Paseo de la Reforma: los héroes que nos dieron Patria, sobrevivientes de Tlaltelolco, le pusieron brassiere (40-copa D) a la estatua de la Diana Cazadora, un genio anónimo colocó un balón de futbol sobre la mano extendida del hoy inexistente Cristóbal Colón y hasta decían que habían violado la urna con los restos de los sagrados héroes de la historia de bronce. Comparada con aquello nuestra travesura era pecado venial y quizá por eso mismo mi adorada tía Ana Rosa nos llevó a su hijo F.J. y a su sobrino J.F. a la Comercial Mexicana de Insurgentes y nos compró dos muñecos de Topo Gigio con el uniforme verde de México como posible talismán que no bastó para ganarle a Italia en Toluca. Ambos Hernández y López iniciamos entonces una larga biografía compartida de casi-casis, ya meritos, jugamos como nunca y perdimos como siempre… hasta el feliz aguacero de hoy mismo en que ya con canas y con medio siglo de recuerdos entrañables despertamos de la pesadilla.

Con mucho que corregir y aprender, con esa pinche propensión a jugar para atrás escatimando todas las debidas ofensivas, con toda la cancha infinita por delante y el defecto de apoyarse demasiado en el nombre del portero que está pintado en la cochera, con todo y todo la con dos golazos en el Azteca que es cochera y una picardía cantinflesca en Guadalajara. Agreguemos greguerías heroicas como la de salvar un gol en contra ejecutando una chilena al filo de meta y esa salvación de mano extendida como Capilla Sixtina dond el portero mexicano parecía sentarse sobre una nube.

Más de 130 millones de almas han explotado en un milagro efímero pero interminable. en cuanto vean que allá también jugamos de local y hablamos con Eñe. Por ahora, hacemos de lado todo absolutamente todo y vuelvo a intentar una bicicleta cuyo arco logre driblar al defensa por encima de su cabeza de niño recién peluqueado y así encarar allá muy lejos la puerta negra, la gloria de toda una vida con el enloquecidos grito que se canta corriendo, ojos cerrados en sonrisa, sacudiendo la melena como George y Paul hasta abrazar en la nube a John o Ringo o bien, al mofletudo ratón italiano que fue testigo fiel de una ilusión imposible e instantánea, pero por lo visto jamás irrepetible.