La cara norte del Eiger, una intimidante pared infinita de roca, hielo y nieve de 1.800 metros de desnivel perteneciente a los Alpes Berneses suizos no había sido escalada aún en 1936, un ‘problema’ por resolver, una cuestión de propaganda también para el régimen nazi. Los hechos acontecidos aquel mes de julio, de los que esta semana se han cumplido 90 años, marcaron durante décadas la forma de relatar el alpinismo, situaciones épicas, dolor y pérdida. El peso de la trágica historia de la conquista de la norte del Eiger apenas ha quedado aliviado estos últimos años por la irrupción de una nueva forma de entender el alpinismo y la gestión del riesgo inherente. Las grandes gestas han dejado de ser un asunto de cara o cruz, que se apoya en un profundo conocimiento del medio, en materiales infinitamente más adecuados que los empleados hace nueve décadas, en previsiones meteorológicas precisas o en la ausencia de motivaciones extrínsecas inadecuadas como el nacionalismo.
En julio de 1936, Toni Kurz y Andreas Hinterstoisser eran alemanes pero no necesariamente afines al régimen de Adolf Hitler. Su ministro de propaganda, Joseph Goebbels decidió instrumentar la pasión desmedida de ambos jóvenes por la alta montaña para ensalzar la raza aria y celebrar los valores del Tercer Reich en el marco de los Juegos Olímpicos de Berlín. En el ideario nazi, Kurz e Hinterstoisser solo podían triunfar y convertirse en héroes patrios Ocurrió lo segundo.
Empezó entonces una retirada amenazada por la llegada de mal tiempo, lenta, delicada y con un herido que empeoraba con rapidez. En el momento en el que alcanzaron la travesía del primer día, Hinterstoisser entendió que habían cometido un error de bulto: la pared de roca estaba ahora impracticable, recubierta de hielo. Debían de haber dejado una cuerda fijada para asegurarse la retirada pero no lo hicieron. Su única opción pasaba por realizar varios rápeles sobre la sección de roca extraplomada. Si todo salía bien, alcanzarían una repisa que les conduciría hasta una de las ventanas del ferrocarril que atravesaba la montaña (hoy, el tren que recorre el interior de la montaña, sigue siendo un gran reclamo turístico). Mientras clavaba pitones en la roca para elaborar el anclaje del último rápel, un alud de nieve arrastró a Hinterstoisser. Al no estar atado murió en el acto. Angerer y Kurz también cayeron, pero al estar unidos por la cuerda a Reiner, este actuó de freno, quedando horriblemente empotrado contra el anclaje del rápel y muriendo de asfixia bajo el peso de los dos cuerpos. Angerer también falleció en ese instante, al golpearse la cabeza. Solo Kurz siguió vivo. Un puñado de segundos habían bastado para segar tres vidas. Pero la situación de Kurz era dramática: pidiendo ayuda a gritos, logró que un trabajador del ferrocarril le oyese y diese la alerta. Guías suizos acudieron en su ayuda, pero anochecía, arreciaba la tormenta, y le prometieron que a la mañana siguiente regresarían con alguna idea para alcanzarle: colgaba 40 metros por encima de ellos.
El amanecer devolvió a Kurz con vida, pero con una mano severamente congelada. Los guías le pidieron que soltase el cadáver de Angerer de la cuerda. Lo hizo. Después, con una sola mano, logró remontar por la cuerda hasta la reunión donde Reiner hacía de contrapeso. Allí deshizo la cuerda y empalmó varios tramos antes de lanzarla y dejarla al alcance de los guías, quienes anudaron una cuerda nueva para que pudiese rapelar con seguridad. Pero esta nueva cuerda apenas tenía 30 metros, así que fue necesario pasarle otra, que anudó para obtener una longitud adecuada. Aquel nudo resultó fatídico. Kurz empezó a rapelar con ayuda de un mosquetón y un nudo dinámico (permite descender de forma controlada por la cuerda) pero al llegar al nudo de unión de las cuerdas, el mosquetón quedó trabado. Kurz no tuvo fuerzas para resolver el problema. Dijo “no puedo más” y murió a apenas tres metros de sus rescatadores. Era el 22 de julio.
Dos años y dos días después, la norte del Eiger fue escalada, al fin, por los alemanes Anderl Heckmair y Ludwig Vörg y los austriacos Heinrich Harrer y Fritz Kasparek. si que fue aprovechado por el Tercer Reich y su aparato de propaganda. Hitler en persona, junto con el ministro del Interior, Wilhelm Frick, y el dirigente deportivo alemán y líder de las SA, Hans von Tschammer und Osten, los recibieron el 1 de agosto de 1938. Heckmair nunca se unió al partido nacionalsocialista y rechazo la publicidad. Por otro lado, Vörg murió en la operación nazi contra la Unión Soviética en junio de 1941; Kasparek permaneció encarcelado por los Aliados tras la guerra por su rango de sargento mayor de las SS y Heinrich Harrer, por su vinculación con las SA y las SS fue capturado por los británicos en el Tíbet de donde logró escapar y regresó a Austria en 1952 donde escribiría el célebre libro Siete años en el Tíbet.
En 2007, el suizo Ueli Steck protagonizó uno de los episodios más alucinantes de la historia del alpinismo: escaló en solitario la vía original de la cara norte del Eiger en 3 horas y 54 minutos. Un año después, prescindiendo de la cuerda incluso, rebajó su marca dejándola en 2 horas y 47 minutos. Para muchos, fue el gesto que rompió para siempre el viejo relato alpino, su negra historia literaria. En el escenario de montaña más trágico que existe, Steck decidió romper y sentenciar que la excelencia física y técnica, la estrategia y la planificación milimétrica quizá no evitarían muertes en la montaña pero sí las reducirían al mínimo entre la vanguardia de la disciplina. El futuro pasaría por ahí. Otros vinieron después para confirmarlo.