La última jornada de montaña del Giro que se despide este domingo en Roma , donde Tadej Pogacar llegará lanzado y Jonas Vingegaard esperanzado. No hubo ningún misterio, ninguna sorpresa para cerrar una prueba que hace un curso regaló un carro de emociones en un desenlace histérico entre tres ciclistas de nivel similar: .
, un éxito anticipado desde que se impuso en la etapa del Blockhaus, sino que se reivindica como un remedio contra el tedio del mes de julio en las carreteras francesas. Con suerte, tendrá un socio en Paul Seixas, la revelación francesa. En la cima del Piancavallo, donde Marco Pantani se deshizo primero de sus abalorios y después de Tonkov para atar el Giro de 1998, Vingegaard tuvo que atacar a diez kilómetros de meta tras comprobar que sus compañeros Piganzoli y Kuss no daban para más: fue un monólogo anunciado y un sálvese quien pueda a sus espaldas, 40 minutos de exhibición en rosa y de sufrimiento a cola.
En cambio, pocas victorias más alucinantes que la de Igor Arrieta ha dado el ciclismo de los últimos años, como la de Fredrik Dversnes resistiendo en fuga infinita a un pelotón de lobos, o la de Alberto Bettiol fingiendo debilidad en fino estratega para sacudir un ataque ganador e incluso la de Alec Segaert, más listo que todos cuando más rápido se rodaba. Con Vingegaard, como con Pogacar, las grandes etapas de montaña solo sirven para asesinar cualquier esperanza de incertidumbre.
En favor del danés siempre cabe recordar que suda a mares, que el sufrimiento visita su rostro en ocasiones, que incluso desde la superioridad que exhibe resulta humano… aunque ha batido los récords de velocidad de todos los puertos en los que se ha impuesto. A su lado, (29 años) parece una reliquia del pasado y si le preguntan a ver qué le pasa, por qué no maravilla ya, dónde perdió la agilidad, responde que en este Giro ha logrado los mejores números de su carrera.
Es como si se hubiese perdido algo fundamental durante la convalecencia posterior al tremendo accidente que en 2022 pudo acabar con su vida. El ciclismo va tan rápido que funde a todo aquél que se despista un rato para levantar la cabeza del manillar y admirar, por ejemplo, la belleza de los Dolomitas.
Vingegaard, como Pogacar en 2024, habrá completado un entrenamiento soberbio para el Tour y solo podrá lamentar que el bigote que trató de dejarse crecer le saliese escaso “y un poco como de adolescente”.