Dos mil metros son un mundo y más si son cuesta arriba y si se hacen al sprint tras 212 kilómetros pedaleando. Pero en la segunda etapa de la Vuelta fue el mundo de Visma y de nadie más, que, con un juego de trileros, doble apuesta al amarillo, resolvieron a la grande. “Es un final duro, con rampas. Será para hombres fuertes, me gusta”, resolvía Van Aert desde Montecarlo. Pero no fue tan fuerte el hombre, desdibujado por Pogacar, que le cogió la rueda, finalmente absorbidos por el pelotón. Pero justo en ese momento atacó Mathew Brennan y ya nadie pudo seguir su estela, ni siquera el supersónico Pedersen, acaso un poco Pau Miquel (segundo), yellow power. Un triunfo para paladear y , que, como en la jornada anterior, le arrebató el maillot a Hayter por los pelos, por centésimas.
Amaneció y, algo extraño, sin una pizca de viento. Remanso de paz donde el mar acunaba a los suntuosos yates del puerto, todavía sin demasiado trasiego por las calles porque los locales de las mejores marcas empezaban a levantar las persianas. Allí, donde el trazado de la F1 termina, comenzó la segunda etapa bajo la atenta mirada del Príncipe Alberto; allí, donde sí se acercaban los curiosos, atraídos por la serpiente de autocares y poderosas bicicletas, ya se había instalado una sentencia entre los staffs de los diferentes equipos tras otra exhibición de Pogacar, que venció la contrarreloj de apertura por nueve centésimas. “No hemos empezado y ya se sabe el final”, protestaba entre risas un mecánico del Burgos. “”, se sumaba un preparador del Tudor. “Como Pogacar se proponga ganar 12 etapas, estamos fastidiados”, resolvía otro director de un equipo modesto, consciente de que para ellos cualquier triunfo vale un potosí. Pero la realidad del pelotón no es la del UAE, que tiene a Pogacar, un marciano a dos ruedas.
La etapa pasaba de la Costa Azul a Manosque, ciudad de la Alta Provenza preservada entre viñedos y olivares, también entre carreteras secundarias donde las copas de los árboles forman túneles en la carretera, Pantone de verdes que viraban hacia el amarillo y el naranja, como si tuvieran prisa por alcanzar el otoño. Pero los que en realidad tenían urgencias eran los corredores del Visma, que tenían .
Antes de eso la carrera despidió a Sergio Chumil, guatemalteco del Burgos, por un topetazo; infortunio, el de caerse, que también sufrió Uijtdebroeks (Movistar). Y cuando llegaron los dos últimos kilómetros, tocó la exhibición en amarillo. También en rojo, pues Pogacar acabó tercero; cuatro segundos que le valían para seguir de líder. Más que oro, platino.