El adiós de Pogacar. Tras darse de bruces con el suelo, Pogacar publicó un selfie con el gesto rockero, ya en el hospital con el brazo en cabestrillo y un collarín. Volveré a dar guerra, parecía decir. Pero no en esta Vuelta. “Tadej está regular porque . Pero esta vez le ha tocado la desgracia como en otras ocasiones les sucede a otros”, desliza Joxean Matxin, director general del UAE; “pero si Mas ha ganado es porque se lo ha merecido, por méritos propios”. Porque cogió el maillot y ya no lo soltó, por más que la carrera se convirtió en un guirigay, el descontrol controlado del Movistar.
“Es que creo que la mayoría vinimos con equipos condicionados por lo que iba a hacer Tadej; buscábamos otros nichos de mercado porque si el Caníbal estaba en la montaña, a ver cuáles dejaba, ¿no?”, reflexiona Patxi Vila, director del Bora y de Roglic, segundo a la postre; “nosotros trajimos a Meeus, sprinter, para disputar alguna etapa y sin Pogacar en carretera parecía que algunos equipos no tenían mucho sentido”. Recoge el testigo Juanma Gárate, su homólogo del EF: “Si tú vienes con Roglic a una carrera, es raro que pienses que no traes equipo para eso, ¿no? No sé. Yo creo que es fácil cuando le ves los huevos decir que es macho…”. Xabier Zandio, del Ineos, más neutral, agrega: “Cada uno hizo el equipo a su gusto, pero lo que está claro es que desde que Tadej se marchó, la carrera fue otra cosa y los ciclistas compitieron de otra manera porque todo estaba más abierto”. O no, porque la superioridad de Mas fue abrumadora y el reinado de Movistar, a su manera, no tuvo réplica.
Los mosqueteros azules. Decían D’Artagnan y sus compinches que , un lema que bien se puede aplicar a Movistar, entregado a Mas. “¿Puede Castrillo disputar la etapa?”, le cuestionaron a Chente García Acosta, director del Movistar, en la antepenúltima etapa, ya que el corredor estaba con los fugados y todo apuntaba a una victoria entre ellos. “No, no, no”, respondió, pues tanto le daba un triunfo parcial si una de las piezas del puzle se desgastaba y no podía ayudar a Mas en las últimas montañas al día siguiente. Era la dictadura del maillot rojo, la ley del buen gregario. “Eso es la base del equipo”, resume Chente; “que el gregario sepa cuándo y dónde debe estar en todo momento. Debe entender su rol porque es un trabajo feo, oscuro, que no se ve… Pero al final, hacen un trabajo que es la leche y así se ha visto durante esta Vuelta”. , que al final de cada etapa, deshojando ya la margarita del éxito, repetía que su equipo había estado de 10, que todo eso no sería posible sin su ayuda.
El gobierno flexible de Movistar. Sin ganas de controlar al pelotón, Movistar solo se ocupó de defender el maillot rojo de Mas. “Aunque comenzaron flojitos, desde que asumieron el liderato no fallaron en nada”, resume Gárate. “No teníamos dudas de que pudieran controlar la carrera a su manera, tienen mucha experiencia y, además, , menos aun cuando Decathlon perdió a figuras claves para ayudar a Gall”, se posiciona Vila. “Su idea fue meter gente en las escapadas para que luego ayudaran a Mas en las últimas pendientes. Lo hicieron muy bien, acorde a las herramientas que tenían”, se suma Juanjo Oroz, director del Kern Pharma. Toma la palabra Matxin: “Sabían cuáles eran sus debilidades y fortalezas. Son corredores acostumbrados a entrar en fugas más que a controlar, y se mantuvieron fieles a la su política. Les salió perfecto”. Así lo ve Zandio: “No ofrecieron ninguna duda. Muy muy sólidos”. Y remata Jesús Ezquerra del Burgos: “ y nadie les hizo daño, llevaron la carrera como quisieron”. Tanto, que Mas nunca perdió el maillot rojo y, gracias a sus piernas y al trabajo en equipo, se coronó en la Vuelta.