El orgullo de Demi Vollering, ganadora en Niza de su segundo Tour de Francia

Las campeonas entran solas en el Paseo de los Ingleses, que lo hace dos veces, una el sábado, otra el domingo; una por el este, otra por el oeste; una de blanco de campeona de Europa, la segunda, de amarillo rutilante, brillantísima, sonriente como al final de un paseo gozando de la brisa, después de una batalla victoriosa sin compasión ni piedad con Kasia Niewiadoma. Con su tercera victoria de etapa en una carrera de la que solo perdió el control en la ascensión al Mont Ventoux el jueves, se convierte en la primera ciclista que gana dos Tours en la década, la primera también que gana Giro y Tour la misma temporada, y también las clásicas más importantes, Lieja, Flecha, Flandes, y no ganó la Amstel (quedó tercera, y Niewiadoma segunda) porque aquel día de abril a las afueras de Maastricht, con un ataque de puro instinto, una decisión instantánea de las que cambian la vida para siempre, le dio por nacer como campeona a Paula Blasi. Ganó la gran clásica holandesa por delante de las dos mejores del mundo y cuatro meses después, con ellas sigue, a los 23 años, en la gran carrera. Esprinta para ser segunda en la gran avenida de la playa de Niza, un minuto después de Vollering, y sella un magnífico quinto puesto final en su debut en la grande boucle.

Cruzada la meta de la última etapa, Blasi charla con su capitana, la italiana Elisa Longo Borghini, como si fueran amigas de toda la vida. Sonrisas y abrazos. Le agradece su trabajo en los últimos kilómetros para ayudarle a ser quinta. Choca la mano. Los malos días al borde del lago Léman, en Lausana, son un lejano recuerdo. Las polémicas y los malos espíritus en un equipo, el UAE, que jugó infantilmente al secretismo. en una carrera tan publicitada, con tanta repercusión, porque se le ocurre contar que no va a ser la líder del equipo pese a haber ganado la Vuelta y todo lo que ha corrido, y recibe un aviso del equipo. “Eso no se dice”, le advierten. “Eres muy joven para ser la líder. Tienes que aprender mucho”. Y su moral desciende aún más, sospecha que la castigan porque está negociando para irse del equipo. Está tan perdida que los primeros días da la razón a sus jefes quedándose cortada en los repechos por ir mal colocada. Blasi es inteligente, y generosa. Aprende rapidísimo. Convence pedaleando a Longo de que no es el demonio. Ayuda a la italiana todo lo que puede.

“Con Elisa hemos muchísima comunicación. Teníamos claro que el objetivo era el podio”, dice Blasi después de los abrazos y las felicitaciones, asumiendo con una sonrisa que intentar ganar el maillot blanco de mejor joven habría sido un error. Longo, tercera, después de que Marlen Reusser se cayera en un descenso intentando alcanzar a las mejores después de descolgarse en el ascenso. Ella quinta. “Cada vez veíamos más seguro el podio y nos dijimos, tenemos que trabajar en equipo porque a Antonia [Niedermaier, la alemana con el maillot blanco] se la veía muy fuerte, iba cuarta en general. Y solo fue eso: queríamos asegurar el podio”.

La carretera también le enseña a Blasi que aún le falta crecer para estar a la altura de las más grandes, de Vollering, de Niewiadoma, a las que observa de lejos mientras se libran a un combate de boxeo durísimo en la subida por el Camino de los Vinagreros en la cuarta ascensión al col d’Èze, y a la victoria por KO de Vollering, que recupera su trono después de dos durísimos segundos puestos en 2024 y 2025.

Es una pelea envenenada por la memoria y los agravios, afrentas imborrables siempre. A la polaca tan ligera sobre los pedales le duele el recuerdo de cómo Célia Gery, a las órdenes de Vollering, la cerró en una curva para abrir un hueco muy difícil de cerrar en el ataque de su jefa en el muro, qué artimaña tan infantil. Y Vollering aprovecha para recordarle a Niewiadoma que si le ganó por 4s solamente el Tour de hace dos años fue porque se había aprovechado de una caída suya, qué poca deportividad.

“Nunca había ganado con el maillot amarillo”, dice la mejor ciclista del mundo. “Pensé en mi equipo, pensé en Célia; qué noche tan, tan dura ha pasado. Pensé en todo el trabajo que había hecho antes de esto”.

La primera ascensión la hacen los dos charlando, acelerando sus deseos. La segunda, sin mirarse, girando en la trituradora de carne manejada por Backsted. En la tercera se miden. Se estudian. En la cuarta, por el camino más corto y más duro, se dan de verdad. Ataca la polaca, obligada a recuperar los 8s, y responde facilisimo Vollering. Potencia reprimida en su piernas. Es un juego físico y psicológico. Se adelanta una a la otra. Se amagan. Ninguna cede hasta que, a falta de 500 metros para la última cima, habla a gritos la potencia de Vollering, que acelera en progresión imparable hasta que Niewiadoma cede. “Pensé: ‘Tengo que intentar atacar e irme sola’, porque quería dejar claro que no ganamos gracias a un incidente del sábado. Quería dejar claro que nosotras, como equipo, merecemos ganar un precioso Tour de Francia, con humildad y con orgullo”.

El resto, el orgullo satisfecho, es un paseo triunfal para Vollering, hasta su coronación en Niza.