Bienvenidos a la Vuelta, bienvenidos al nuevo mundo de Pogacar.
Las intermitentes lluvias de los últimos días dieron paso a un sol abrasador nada más despuntar el día, bochorno entremezclado con sudores de buena mañana. Bien que lo comprobaron los corredores, que desde el mediodía disfrutaron del circuito cerrado solo para los ciclistas, también para aquellos aficionados que por un día querían sentirse profesionales, además de los vehículos autorizados. El trazado de 9,4 kilómetros, y con apenas un desnivel de 59 metros, era bien técnico, plagado de curvas reviradas, también peligroso. De ahí que todos los repitieran en varias ocasiones, desde la rampa inicial del Casino hasta la meta de Fórmula 1. Se trataba de descifrar dónde frenar o acelerar, cómo tomar según que giros. Pero ninguno podría con el dios sobre ruedas.
El tiempo de referencia iba de mano en mano, aunque se dio un dominio de los británicos, pistards por naturaleza, que podían con los favoritos como Van Aert o Pedersen. Caso de Thornley (Bora), Tarling (Ineos), que corrió en homenaje a su hermano, fallecido en la reciente Volta a Portugal, y, sobre todo, Hayter. Pero en el ciclismo la ley corre por cuenta de Pogacar y así se volvió a explicar en Montecarlo.
Sentado, estiloso, con pisotones frenéticos, Pogacar alzó los brazos por 9 centésimas. Lo justo para subrayarse como el mejor de los mejores, para poder llevar el maillot rojo de principio a fin.