Veintiún días después, el cuento se ha acabado. llega a Roma y la ciudad festeja, brazos abiertos y ánimo al cielo para recibir al nuevo campeón del Giro de Italia. Vestido de rosa desde el 23 de mayo, cuando sacudió el árbol en el Valle de Aosta, el danés sonríe en la Ciudad Eterna y se convierte, al fin, en vencedor de las tres grandes vueltas por etapas: el Tour de Francia (2022 y 2023), la Vuelta a España (2025) y el Giro de Italia (2026). Solo siete ciclistas lo lograron antes: Jacques Anquetil, Felice Gimondi, Eddy Merckx, Bernard Hinault, Alberto Contador, Vincenzo Nibali y Chris Froome, el último en cerrar el círculo, en 2018, también de rosa y también junto al Coliseo.
Ni uno ni otro, así como ningún participante de este Giro, fue capaz de discutir en tres semanas la aplastante superioridad del grácil campeón danés. Con , allí donde estos días se agolpan bajo el sol la mayoría de ciclistas con cita en el próximo Tour de Francia, Vingegaard cumple en Italia con las pesadas expectativas y puede, al fin, respirar tranquilo. Celebra, además, elevando la apuesta del ogro esloveno, que ya descorchó el champán en París (2020, 2021, 2024 y 2025) y en Roma (2024), pero no todavía en las calles de Madrid. “Es una cuestión de tiempo que él también gane las tres grandes”, asume el líder del Visma, el único capaz de noquear a Pogacar en la alta montaña. “Tadej es probablemente el mejor ciclista de todos los tiempos”.
No queda atrás el desempeño de Vingegaard, vueltómano de relumbrón y regular como pocos se recuerdan en la historia reciente. El danés fue 46º en su primera grande, la Vuelta de 2020, comprimida en otoño por culpa de la pandemia, y desde entonces no se ha bajado de los dos primeros cajones del podio en cinco ediciones del Tour, dos de la Vuelta y una del Giro: 2º, 1º, 1º, 2º, 2º, 2º, 1º y 1º.
Queda la incógnita de saber hasta dónde se ha exprimido el campeón, de quienes sus directores esperan un aumento de rendimiento durante el Tour, la segunda gran vuelta en su agenda. No dibuja la cuestión un ápice de nervio en el rostro de Vingegaard, relajado desde el último corte de cinta hasta alzar los brazos en los foros imperiales de Roma. Por delante vuela, al fin, el italiano Jonathan Milan, portentoso esprinter .
Suena el himno de Italia y así se despide Giro, otro mayo más. Todos regresan a sus hogares, las vallas emprenden apiladas el camino de vuelta a los camiones de la organización y los bidones caídos en marcha se exponen ahora con cariño en las estanterías de los aficionados. Parecía que no iba a terminar nunca y ya es cosa del pasado. Mañana se hablará de otra cosa. De la edición femenina, en marcha desde el sábado, del Tour de Francia (¿de verdad puede Paul Seixas alterar el orden establecido?), de lo que deparará el futuro. Así es la vida. Así funciona la incesante rueda del ciclismo actual.