Jannik Sinner, un elogio a la evolución: otro extra de laboratorio y la última ‘resurrección’

Sinner cocinó este último éxito a su manera, arremangándose y doblando jornadas para encontrar soluciones. También, con una visita a una clínica de Milán, donde se sometió a unos exámenes médicos para tratar de encontrar respuestas . Después, el número uno y los suyos decidieron no competir en ningún torneo preparatorio, y en vez de ello se desplazaron a Londres con un margen de 12 días para apuntalar el asalto al grande británico. La lectura era clara: un campeón no se define tanto por sus victorias, sino por cómo reacciona ante las adversidades. Por su capacidad para rehacerse. Por eso, en lugar de volver la cara, miró directamente a los ojos del enemigo: el calor, un nuevo reto al que hacer frente.

“He hecho algunos cambios, pero esto no va de hacer magia. No se puede simular del todo lo que pasa en un partido, la tensión que conlleva, pero confío en que poco a poco funcione. Será un proceso largo. Hemos modificado un poco el plan, con sesiones de entrenamiento más largas, tanto en el gimnasio como en la pista. Todo seguido y sin pausas. Lo hicimos con el propósito de entender muchas cosas, aquello que había sentido en la pista...”, exponía el de San Cándido, al que durante estos días también se le ha podido ver envuelto por un chaleco refrigerante (a base de compartimentos de hielo) en los ensayos diarios. Esta ha sido una de las ediciones más calurosas que se recuerdan en Wimbledon, con temperaturas por encima de los 30º la mayor parte de los días y sin apenas tregua climatológica.

Uno de sus técnicos, Darren Cahill, también explicaba que el jugador está incorporando una serie de rutinas para suavizar el impacto. En concreto, “después de dos sets se va al vestuario para cambiarse, sustituye la camiseta [aunque no sea necesario] y se expone al aire acondicionado”. Se trata, transmite el australiano, de “hacer todo lo posible para rendir al máximo en los días de tanto calor”, teniendo en cuenta que el italiano “es un pelirrojo del norte de Italia, que viene de los Alpes y se crio entre la nieve, ”. “Cuanto más tiempo se exponga al calor, mejor se le dará. Y aquí lo ha superado increíblemente bien. De aquí en adelante tal vez hagamos algunos cambios para que se aclimate lo mejor posible a este tipo de condiciones”.

El caso es que una vez más, Sinner, de 24 años, ha conseguido sobreponerse al reto que le plantea cada momento de su carrera. En su día multiplicó el trabajo en el gimnasio para potenciar su físico, a golpe de vista más endeble que el de las otras figuras; también ha ido rediseñando el servicio, convertido hoy día en uno de los más determinantes (si no el que más) del circuito; ha abandonado su zona de confort (la vida en la línea de fondo) para reinterpretar y enriquecer su juego, y dotarlo de o el globo; y ahora, ante la necesidad y el preocupante episodio que vivió en París, aplica un nuevo giro de tuerca que lo ha guiado a su segundo título en Londres, el sexto del año y 30º de su trayectoria en la élite.

“Estoy dedicando toda mi vida a ser la mejor versión de mí mismo. Entendí que la competición no es contra nadie más, sino contra mí mismo”, recalca él, una máquina evolutiva que desde hace tiempo intenta quitarse de encima el estigma tecnocrático, puesto que ; de alguna manera, desmereciendo una propuesta tal vez más controladora y menos ardiente que la de otros jugadores como Alcaraz, pero igualmente emocionante. Contemplar en vivo a Sinner, en plena combustión, es sin duda uno de los grandes placeres de estos tiempos, como si fuera una actualización del gran Ivan Lendl o el mismo Djokovic. “Tenemos bastantes similitudes”, analiza el serbio, al que infligió un severo castigo en las semifinales.

El análisis en perspectiva de su otro entrenador, Simone Vagnozzi, coincide en destacar la progresión continuada de su discípulo, el que más trofeos (6) y victorias (44) acumula en este curso. “Estamos muy contentos con cómo ha mejorado en los cinco últimos años, aunque todavía hay margen de mejora. Hoy no ha hecho ningún saque-volea, creo, y hubo un intercambio de tres o cuatro golpes en el que no ha podido subir a la red, y ha terminado perdiendo el punto. Siempre hay margen de mejora. Creo que nuestro objetivo es siempre ser más agresivos”.

Cahill, por su parte, recurre al paralelismo con y Murray. “Siempre evolucionaron. Nunca se detuvieron. Nunca dejaron de intentarlo una y otra vez. Todos se exigieron mutuamente”, recuerda, a la vez que desliza que la mejoría de Zverev y el pulso permanente con Alcaraz potenciarán todavía más a su jugador. “Para tener una carrera larga y exitosa, hay que seguir incorporando elementos a su juego. Hemos visto muchas cosas que normalmente no le gusta hacer, incluso hoy en la final: reveses cortados, un par de globos, dejadas... Ha dado un paso al frente cuando era necesario, en lugar de ponerse a la defensiva y esperar a que el rival se le echara encima”, remata el oceánico.

Y ahí sigue Sinner, que hace un año se llevó un sopapo en París y se redimió por todo lo alto en Wimbledon. Sucede otra vez; de nuevo, superior a todos y a todo. Esta vez, también al sol.