Ya ha caído el sol, la sombra cubre la totalidad de la central y Wimbledon despliega la alfombra verde para el campeón. El gigante herido se ha levantado. Por si había alguna duda, otra vez la ley de Jannik Sinner, que a eso de las siete de la tarde alza el trofeo vencedor (6-7(7), 7-6(2), 6-3 y 6-4, en 3h 46m) y abraza con gusto su quinto grande, el primero de esta temporada en la que el número uno ha viajado de polo a polo: de sentirse invencible de marzo a junio , que ahora queda en mero accidente. De nuevo él, el campeón abrasivo que se rehace, repite en Londres y festeja su triunfo 100 en los Grand Slams. Va un spoiler: serán muchos más.
Es demasiado bueno, viene a transmitir con el encogimiento de brazos Alexander Zverev, quien luego observa desde la banqueta cómo trepa el ganador hacia los suyos y besa a su madre. Señor partido el del número dos, porque poco más se puede hacer ante un competidor mastodóntico que salvo colapso físico, anomalía, desgracia o alineación planetaria en su contra, tendrá la sartén por el mango hasta que alguien no regrese (un murciano) . Es la décima derrota consecutiva del alemán contra él, que llegó a Londres en busca de respuestas tras el suceso francés, aquella pájara en la Chatrier, y las encontró prácticamente de inmediato. Como es debido. De menos a más, esplendoroso en las dos últimas estaciones del torneo, se hace con otro major y completa la enésima demostración.
“È una partita di pazienza”, desliza uno de los reporteros italianos en la tribuna. Y así es. Aquí ninguno cede: más y más saque, más y más velocidad de costa a costa. Esta es la era del vértigo y de lo efímero; con control, eso sí. La final está siendo plana, lineal, sin picante, entre otras cosas porque uno quiere y el otro no le deja hacer. Intenta Sinner aplicarle ritmo al tema, ir extendiendo esa tela de araña que atrapa con facilidad, pero Zverev no quiere líos y contragolpea: abrevia, amigo. Por ahí no. Por aquí. Al alemán se le ve fresco y ágil de piernas e ideas, como si hace mes y medio se hubiese quitado en París , y resiste a las arremetidas con la convicción que nunca tuvo. Hay noticia en La Catedral: sí, se lo cree.
Juega por fin con el brazo liberado y se aprecian un par de signos de que las cosas han cambiado. Mucho más especulativo antes, aprieta ahora con decisión y mantiene el rumbo sin desviarse ni caer en el desespero. Hay más humildad jugando, menos arrogancia. No se conoce a un solo grande que no bajase al barro. De derecha a derecha, Sinner no logra desbordarle y a ello se añade que en el instante delicado del primer parcial, muy sintomático, se endereza en vez de doblarse. El público sospecha que la desgracia tal vez esté al caer; si comete esa doble falta, el impacto emocional sobre el partido podría ser devastador. Pero insiste: tranquilidad, aquí este otro Sascha. Hay final.
Sinner ha logado salvar el pescuezo con una dejada que roza la línea del pasillo, pero no evita llevarse el bofetón. ¡Plas! Entonces, ¿hay final? Así lo parece. ¿Y qué hay de esa enorme losa de nueve derrotas sucesivas, de ese opresivo pleno encajado en todos los duelos dirimidos entre ambos a partir de 2024? Zverev ya no sufre, está disfrutándolo. Se ha quitado de encima los complejos; lo negaba, pero los tenía. Tras su estela de títulos también había . Así que bola arriba, garrotazo y a seguir descontando juegos, mientras el runrún del ambiente va metiéndose sibilinamente en la cabeza del italiano, no vaya a ser que ceda también el segundo set y se vea de repente con los pies en el barrizal. El rival le aguanta desde el fondo y, de nuevo, se resolverá el apartado a cara o cruz.
El público de Londres nunca ha terminado de mirar con muy buenos ojos a Zverev, pero tiene ganas de jarana y reconoce la excelencia del alemán hasta ahí. Sopla una agradable brisa y los 28º van cayendo; en el Royal Box, Nicole Kidman viene y va. Saltan los corchos del champán, los militares que custodian los accesos se llevan al tipo que gritaba y, por eso de la genialidad y de lo impermeable de esa mente privilegiada, Sinner por fin logra lo que tanto necesitaba. . Las musas jamás le pillarán en el sofá. Esta vez pilota el desempate a su antojo, con esa suficiencia y ese tiroteo tan suyos, y abre una distancia insalvable que Zverev no ha visto venir.
Ha sido un abrir y cerrar de ojos. Con Sinner, la historia va así. “Si bajas la guardia un solo segundo, ya estás defendiéndote”, . “Es muy impredecible”, remarcaba. Te devora. Te roba el alma. Sus estacazos suenan ahora de otra forma: ¡Crack! ¡Crack! ¡Crack! Ese cordaje se ha ganado el cielo. Y a pesar de todo, ahí continúa Zverev, al que la tentación de descolgarse le visita varias veces: ¡Ríndete! Ni por asomo. ¡No! ¡De eso nada! Poco que achacarle, en realidad. El italiano le ha metido en la coctelera y, ante ese zarandeo infernal, lo natural suele ser desistir en uno u otro momento. Recuérdese: Alcaraz, hace un año: “¡Qué malo eres, tío!”. “¡Desde el fondo es mejor...! ¡Pero mucho mejor que yo!”.