Nadie duda de las extraordinarias facultades del brasileño, nacido hace 19 años en Río de Janeiro. Sin embargo, la realidad de su deporte y el entorno han sembrado de vicisitudes su trazado hacia la cúspide; lugar que, por talento y condiciones, se entiende como su espacio natural. “Mi vida cambió a partir de aquella victoria [en Melbourne, contra el ruso Andrey Rublev, inquilino habitual del top-10]. No a nivel interno, pero sí de cara al exterior. De repente, la gente me conocía y cuando llegué a casa, mis padres me dijeron: ‘¡João, !”. Desde entonces, tuve que aprender a vivir con la presión”, afirmó el tenista, a quien muchos se lo imaginan codeándose más pronto que tarde en las alturas con Sinner y Alcaraz.
“Dicen que puedo ser un gran tenista y competir con ellos. Me lo tomo como algo positivo. Lo veo como un privilegio, no como un extra de presión”, asegura. Y se impone un indispensable punto de partida: “Ahora necesito creer que tengo el nivel necesario para hacerlo. De hecho, así lo creo. Se trata de trabajar la mente, el físico y cuestiones técnicas. Solo necesito tiempo. Todavía hay mucho que mejorar, pero voy por el camino correcto”.