El Paris Saint-Germain levantó su segunda Champions sucesiva en una final que hará más grande su leyenda. , especulador hasta la última gota de su ser en una batalla que comenzó ganando y acabó por estirar sin venir a cuento en una campaña de desgaste. Porque el Arsenal tuvo un banquillo inagotable para intentar abordar a un rival que fue perdiendo figuras irreemplazables pero no se doblegó. El PSG atacó hasta el último hombre, atacó hasta con Barcola y Zaïre-Emery en un mediocampo irreconocible, atacó acalambrado y deformado hasta que los penaltis obligaron a que volara la moneda. Cayó del lado de los valientes.
La hinchada del Arsenal popularizó una canción con la base rítmica de Go West de los Village People y una letra hipnótica que repite One-Nil to the Arsenal. 1-0 para el Arsenal. La divisa de un equipo que avanzó hacia la conquista de la Premier y la final de la Champions a base de imponerse por la mínima ante el West-Ham, el Burnley, el Sporting y el Atlético. Una racha de fortuna, defensivismo y pragmatismo profundo que consagró el espíritu de un equipo construido para elevar la restricción a categoría de arte. El Arsenal ha minimizado sus posibilidades creativas para dedicar todo su patrimonio a impedir que los adversarios desarrollen las propias. Con esa bandera saltó al campo en Budapest. , el batallón fue testigo del sacrificio de su hombre más imaginativo en tareas de pico y pala. Desde el primer instante se hizo evidente que aquellos once hombres de rojo apostados en su campo se comportaban como las moléculas del petróleo crudo. Chiclosos, pegajosos, siempre juntos, no liberaban ni un metro cuadrado al azar. Los pases de Vitinha, Neves y Kvaratskhelia rebotaban en la brea.
El drama se desencadenó, como suele suceder en estos casos, de rebote. Marquinhos intentó cambiar de orientación y la pelota pegó en el pecho de Trossard antes de quedar suelta en los pies de Havertz, , mano a mano a 30 metros de la portería. Gordo de la lotería. Pacho siguió al alemán cerrándole todos los caminos menos un tiro de ángulo imposible al primer palo, que se suponía cerraría el portero Safonov. Ahí remató Havertz. A la cara de Safonov, que se giró espantado y dejó pasar el misil. Habían transcurrido cinco minutos de acción. El banquillo del Arsenal lo celebró en masa, sudoroso, casi lacrimoso, como si ya estuvieran levantando la copa. Tal es el poder psicológico de la conjura mágica del One-Nil to the Arsenal.
colocando a sus jugadores en la distancia justa. Luis Enrique contemplaba la batalla de brazos cruzados. Son dos formas de ver el mundo. Uno solo se siente realizado si experimenta una sensación de control total. El otro prefiere delegar algo de responsabilidad. El técnico del Arsenal dedica cada gramo de su energía a prevenir accidentes. Su contraparte cree que el riesgo cero es una ilusión cuya búsqueda reduce los ratios de efectividad. La primera parte concluyó con un asedio infructuoso del campeón al área del retador. El 75% de posesión del PSG produjo dos tiros desde fuera del área de Dembélé y Doué y un cabezazo alto de Fabián. Detrás del acorazado, Raya no experimentó sobresaltos.
El arranque de la segunda mitad siguió la pauta de la primera. Cada minuto que transcurría percutiendo contra el caparazón añadía una tonelada de carga sobre los hombros de Vitinha y sus compañeros. El Arsenal les exigía una perfección aterradora. Cualquier control defectuoso, por pequeña que fuera la imprecisión, frustraba los ataques y amenazaba con otro contragolpe. Las interrupciones, la pausa de hidratación, las dilaciones, se reflejaban en los rostros preocupados de los jugadores del PSG. Desde la banda, Luis Enrique no se inmutaba. La consigna era clara. Debían insistir. Cada vez más pases, más rápidos, más difíciles.
La pertinacia recompensó al PSG . El georgiano, que llevaba la pierna derecha bañada en sangre, regateó a Mosquera antes de caer derribado en el área. Había transcurrido una hora de partido cuando Dembélé metió el penalti y toda la ventaja emocional y táctica que había ganado el Arsenal con el gol de Havertz se volvió en su contra. Sobre todo porque la respuesta de Arteta ante el golpe fue quitar a su comandante, Odegaard, para meter a Gyokeres. Todos a las trincheras.
Sustituidos Vitinha, Kvaratskhelia y Dembélé con calambres, a Luis Enrique no le quedó más remedio que alinear tres centrales y poner a Barcola, Beraldo y Zaïre Emery en el medio. Siguió atacando con ellos frente a un Arsenal replegado con Zubimendi, Martinelli, Eze y Rice. A la caza de una falta. De un córner. De una tanda de penaltis que le pasó factura para gloria de un PSG que nunca se rindió a la moliera.